COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA

      ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA


      7.6. ARIZMENDIARRIETA Y SU NEUTRALIDAD POLÍTICA REACCIONARIA

      Sin embargo, y llegamos a la cuarta crítica, esta pretensión consustancial al elitismo tecnocrático, o de la tecnoestructura dentro del cooperativismo, chocaba con dos obstáculos tremendos. Uno con las reiteradas afirmaciones de neutralidad del cooperativismo oficial, interclasista, y otro con la realidad social. Recordemos que en 1937, cuando las tensiones sociales bullían, el cooperativismo oficial insistía en su neutralidad. Precisamente en 1966, durante el 23 Congreso de la Alianza Cooperativa Internacional celebrado en Viena, ese cooperativismo ratificó lo dicho 1937 y la declaró más actual que nunca antes.

      Recordemos, en lo referente al segundo obstáculo, que durante la segunda mitad de la década de 1961 la lucha antifranquista desbordaba claramente los intentos de control y dirección de los partidos, como se demostró de forma irrefutable durante los largos meses del Consejo de Guerra de Burgos iniciado en 1969. La neutralidad del cooperativismo exigía a éste no intervenir y menos aún pretender dirigir la sociedad, y el auge de la autoorganización de las masas frenaba el deseo de dirigismo tecnocrático nada neutral de Arizmendiearrieta. ¿Cómo resolver esta contradicción?

      Según el sacerdote: <<La neutralidad política, filosófica, religiosa del cooperativismo puede resumirse tal vez en una fórmula simple de este modo: el cooperativismo es neutro, lo cooperativistas no. O más claro tal vez: para todo cuanto atañe a la cooperativa misma no hay más filosofía ni política que la propia del cooperativismo mismo; para cuanto atañe a cuestiones extracooperativas el cooperativismo no predetermina posición alguna>>. Dicho de otro modo: "La neutralidad cooperativa no consiste tanto en inhibición o indiferencia frente a los grandes problemas humanos y sociales, cuanto en ser un sólido presupuesto para acceder a un afrontamiento más eficiente de los mismos, imputando a la organización cooperativa aquella independencia o autonomía requerida por las propias fuerzas y su mejor aglutinación con lealtad a la conciencia humana y social de sus componentes. La neutralidad es la garantía de la autonomía cooperativa".

      Como se aprecia a simple vista, estas definiciones no pueden resolver la contradicción entre el deseo dirigista del elitimos y la imposibilidad de hacerlo tanto por el principio de neutralidad como por el rechazo del movimiento obrero. El punto crítico irresoluble no es otro que el de la separación entre lo intracoopeativo y los extracooperativo porque engarza en directo tanto con la extrema pobreza teórica de Arizmendiarrieta en lo relacionado con la economía y la política, como en la pretensión del cooperativismo oficial de permanecer al margen de la economía capitalista dominante, supuestamente exterior a los muros de las cooperativas. Ni existe ni puede existir nunca una separación tajante y absoluta, insalvable, entre lo interior y lo exterior a una empresa económica.

      Además, esta crítica básica se hace aún más incontrovertible cuando se concreta en un período histórico cargado de represiones, torturas, manifestaciones prohibidas, huelgas locales y generales, estados de excepción, leyes represivas especiales, crisis socioeconómica, aumento del paro, etc. En un prolongado contexto como el malvivido en Euskal Herria, cualquier intento de incomunicar totalmente el interior y el exterior de un proyecto como el cooperativista, además de una utopía, es sobre todo una utopía reaccionaria fácilmente entendible al observar cómo las cooperativas seguían trabajando mientras otras muchas empresas y grandes zonas urbanas cerraban por huelgas.

      De hecho, aquí estamos tratando el problema "eterno" del cooperativismo que se pretende neutro y que, pese a ello, en la realidad cotidiana debe optar o bien por el sistema capitalista o bien por la lucha de clases socialista. Más aún, cuando el cooperativismo supuestamente neutral existe en un contexto de opresión nacional terrible, entonces llegamos al extremo del problema "eterno" pues o se opta por la propia nación y su pueblo trabajador, o por el Estado ocupante y su burguesía. Sin embargo, este límite interno al cooperativismo neutro, ya puesto en evidencia desde el siglo XIX, no parece ser, sin embargo, plenamente comprendido por Joxe Azurmendi cuando el texto que tratamos dice:

      "Parece un punto --difícil de suyo-- no suficientemente madurado en el pensamiento de Arizmendiarrieta. Se comprende que en el clima de los años 1960 y 1970 se haya visto obligado a destacar alternativamente ambos aspectos, el de la neutralidad, por un lado, y el de la dimensión política real del cooperativismo y del compromiso obligado de las cooperativas, por el otro. Sus viejos recelos hacia la política ("que siempre divide, achica y agria el corazón") y los políticos no le facilitaban, sin duda, la tarea".

      Llegamos así a la quinta y última crítica, la relacionada con la intervención política de un proyecto cooperativista nacido en plena dictadura de opresión nacional y explotación capitalista. Y aquí emerge a la superficie definitivamente toda la coherencia reaccionaria de Arizmendiarrieta. Insistimos en que para comprender el problema entero que tratamos, la incapacidad genética del cooperativismo neutro e interclasista para resolver las contradicciones sociales, hay que recurrir a la larga historia de las relaciones entre el cooperativismo en todas sus formas y la lucha de clases.

      Pues bien, esta exigencia de método debe resultar muy difícil de realizar ya que incluso ni Joxe Azurmendi la desarrolla plenamente, dejando en el aire cuestiones importantes como son, una, profundizar más en la práctica del cooperativismo real y no sólo en una referencia muy vaga a algunos revolucionarios; otra, analizar más el contexto histórico de entre 1950 y 1970 y, por último, comparar los actos de Arizmendiarrieta con otros vascos y vascas. Desde esta perspectiva, sorprende que Joxe Azurmendi justifique las aparentes ambigüedades políticas del sacerdote ya que "téngase en cuenta que todos estos textos relativos a la política proceden del tiempo de la dictadura y es natural que no puedan ser muy explícitos".

      Sin embargo, la pregunta es ¿podían ser más "explícitos" teniendo en cuenta la ideología del sacerdote, su sopa ecléctica y su reaccionarismo substancial? Pensamos que no, que si se escribieron así es porque así pensaba su autor. Más aún, hay que analizar, primero, si se puede aplicar literalmente nuestra concepción actual de política, al menos la existente a comienzos de la década de 1981, a la realidad sociopolítica de la segunda mitad de la década de 1961; segundo, preguntarse por qué esperó hasta 1965 para empezar a escribir de "política", y tercero, contextualizar sus escritos políticos.

      En la primera cuestión, bajo la dictadura franquista y en aquellos años, cualquier cosa que desbordase la "democracia orgánica" era considerada como "política", y esta ampliación del concepto permitía ampliar a su vez el campo represivo todo lo que hiciera falta. Desde finales de la década de 1971, con la democracia vigilada impuesta entonces, muchas personas y colectivos que prácticamente no hicieron nada contra el franquismo se ampararon en esa laxa e imprecisa definición de política para montarse una imagen falsa de su supuesta "militancia antifranquista". Los "demócratas de toda la vida" surgieron como champiñones tras desaparecer oficialmente la dictadura, aunque antes, durante ésta, los opositores reales eran bastante menos. El caso de Arizmendiarrieta y su cooperativismo se inscribe en esta masa oportunista.

      Es cierto que en algunos casos, el cooperativismo oficial tuvo pequeños roces con la burocracia franquista --por ejemplo, la tensa reunión con Oltra Moltó, Gobernador Civil de Gipuzkoa, la tarde del 16 de julio de 1969-- y hasta eclesiástica, pero estas ligeras tensiones han sido magnificadas por el martirologio del cooperativismo oficial ya que, por un lado, tales pugnas son constantes y lógicas dentro del capitalismo entre sus diversas corrientes porque las fracciones más reaccionarias y arcaicas difícilmente aceptan las reformas del sistema --por ejemplo, la iracunda oposición de los falangistas al Opus Dei--, por otro lado, una de las funciones elementales del Estado burgués es la de intentar racionalizar las disputas internas entre facciones diferentes, e intentar que triunfen las que mejor aseguran la acumulación ampliada, y en este caso el cooperativismo era una de las salvaciones del capitalismo estatal en un área de intensamente creciente lucha de liberación nacional y de clase, mientras que el corporativismo autocrático falangista era un estruendoso fracaso; y, por último, lo decisivo, quien realmente estaba machacado sin piedad, torturado y encarcelado, cuando no asesinado, era el movimiento obrero radical e independentista.

      En la segunda cuestión --¿por qué hay que esperar hasta 1965 para encontrar los primeros textos políticos explícitos?-- tampoco hay excesivos problemas de interpretación no sólo por lo visto hasta ahora sino también porque el pensamiento del sacerdote cooperativista era de suyo indiferente a la política en sentido fuerte y decisivo de la palabra; es decir, en términos marxistas, a la síntesis política de la explotación global de la mayoría por la minoría. Solamente cuando a mediados de la década de 1961 aparecen ya tan manifiestamente las contradicciones sociales, sólo entonces, cuando Arizmendiarrieta tenía 50 años de edad, aparecen sus primeros textos explícitos, como los define Joxe Azurmendi. ¿Se puede pensar que durante una vida "políticamente" --en el sentido amplio de política-- consciente de cómo mínimo 25 años el sacerdote no se enfrentó a muy serios problemas de opresión y explotación? No. ¿Entonces?

      Joxe Azurmendi comienza su valiosa investigación exponiendo la situación de crisis generalizada en la que vivió el joven Arizmendiarrieta y nos advierte de entrada que: "La política no parece haberle interesado nunca", para poco después afirmar que: "De su interés por los temas sociales dan testimonio los numerosos apuntes y recortes de periódicos que aún se conservan archivados. El tema de la cooperación está ya en ellos presente, así como la vía entre liberalismo y colectivismo, o la de un socialismo vasco genuino".

      No nos llevemos a engaño. Arizmendiarrieta podía ser perfectamente "apolítico" pero en modo alguno quería pasar del Estado y de su protección. Ya hemos advertido antes que su rechazo del "proteccionismo" e "intervencionismo" del Estado acaba cuando se trata del cooperativismo, cuando el Estado debe proteger e impulsar el cooperativismo. Ahora vamos a desarrollar este aspecto porque es imprescindible para entender la política reaccionaria del sacerdote cooperativista, su apoyo al Estado franquista realmente existente y su indiferencia ante la situación real del Pueblo Vasco. Y es que, en el sentido marxista de la política, no es posible entender qué es ésta sin analizar simultáneamente el problema del Estado ya que ambos son las piezas clases en la síntesis de la explotación de la fuerza de trabajo social de la mayoría oprimida y dominada por la minoría explotadora, opresora y dominante.

      Pues bien, en una época tan significativa como abril de 1964, Arizmendiarrieta responde a las críticas de quienes aseguran que existía un trato oficial a favor del cooperativismo:

      "Verdad es que gozamos de una serie de exenciones fiscales, aunque de justicia es decir que en la práctica no son tantas como muchos afirman y esgrimen (...) Estamos a disposición del legislador para someternos al régimen fiscal que estimen procedente e incluso efectivamente nos alegraría se nos situara en igualdad de condiciones con respecto a empresas particulares o anónimas, pues demostraríamos no afectaba en nada la evolución cooperativa, aunque, debemos consignarlo, no lo estimamos justo. Dejando de lado los aspecto de índole social que ningún Estado puede desconocer, razones económicas derivadas de nuestra estructura pueden sobradamente justificar un régimen fiscal distinto. (...) El cooperativismo tiene sobradas razones para disfrutar de cierta consideración por parte del legislador y su progreso debemos atribuirlo a la idoneidad del sistema y al empuje de sus componentes".

      Al año siguiente, en 1965, Arizmendiarrieta recibiría la Medalla de Oro del Trabajo, concedida por el régimen franquista a quien mejor cumpliera con los cánones de la dictadura, aunque no por ello deja de pedir más y más apoyo del Estado franquista al cooperativismo.

      Por un lado, como hemos visto, el sacerdote cooperativista afirmaba que el Estado debía intervenir sólo "por causas de bien común", y por otro lado, ahora justifica que el cooperativismo tiene derecho a una especial consideración por parte del legislador, del Estado. Dejando de lado que en pleno franquismo opuesdeísta se pudiera afirmar que existía un legislador, aceptando así la tesis democrático-burguesa de la separación de poderes según la definió Montesquieu, la cita anterior nos lleva a pensar que Arizmendiarrieta, además de sostener que su cooperativismo es un "bien común", también sostiene que el Estado debe protegerlo y apoyarlo. Nos encontraríamos así ante una especial versión de la tesis neoliberal de que el Estado no debe intervenir en la vida económica excepto en los casos de subvencionar con dinero público los negocios privados, de salvar con dinero público las empresas en crisis, de sufragar con dinero público las infraestructuras necesarias para sus empresas --que son "bienes públicos" según el neoliberalismo-- en vez de impulsar los servicios sociales.

      Por la misma razón, los fanáticos neoliberales exigen al Estado inversiones en sus negocios y abandono de los gastos sociales, y Arizmendiarrieta exige ayudas a sus cooperativas y trato normal al resto de empresas. Se comprende así que, al igual que el empresariado neoliberal que no se mete en política, tampoco lo haga el cooperativismo oficial, cerrando los ojos a los problemas sociales y ciñéndose a la defensa de las especiales exenciones y ayudas del Estado franquista. Lógicamente, no le interesaba en modo alguno criticar a ese Estado porque podría perder esas ayudas. Un apoliticismo muy rentable en lo fiscal.

      Este criterio se sostendrá en lo básico durante toda su vida, y cuando urgido por las contradicciones internas y externas al cooperativismo, por su dialéctica, deba intervenir con más precisión, aún así, sus palabras seguirán siendo extremadamente ambiguas al principio, en 1965, para transformarse en abiertamente reaccionarias en 1973: "Damos por sentado que todo hombre debe ser político en todo el sentido de la palabra; es una faceta más en la cultura de cada ciudadano. Hay que ser político y hay que hacer política, pero en justicia, con rectitud y aceptando las reglas del juego, admitiendo las normas de nuestro pacto social". ¿Qué "normas de nuestro pacto social", qué "reglas de juego", qué "rectitud" y qué "justicia" podían darse en 1973?

      Una respuesta algo detenida a esta crucial pregunta nos exige el séptimo apartado de este capítulo, en el que vamos a estudiar la evolución vasca hasta la muerte de Arizmendiarrieta a finales de noviembre de 1976.

      7.7. ARIZMENDIARRIETA Y LA LIBERACIÓN NACIONAL Y SOCIAL VASCA

      Joxe Azurmendi explica cómo entre 1945 y 1950 Arizmendiarrieta va centrando su atención en los problemas sociales, y que para 1955 son muchas sus conferencias sobre la reforma social. Sin embargo, en ningún momento nos dice nada concreto de las grande y pequeñas huelgas políticas y económicas que entre 1947 y 1952 recorren prácticamente la totalidad de Hego Euskal Herria, reprimidas sin piedad. Parece que la evolución del sacerdote es antes debida a sus reflexiones sobre una abstracta "justicia social" que a la impresión que le causa la muy concreta lucha político-económica contra el franquismo.

      Nosotros pensamos al contrario, que es este segundo factor el verdaderamente causante del cambio en Arizmendiarrieta, aunque tampoco negamos que en el plano ideológico ese cambio se licúe y desmaterialice bajo la forma de una abstracta reflexión sobre la no menos abstracta "justicia social". No podemos detallar ahora esa primera oleada de luchas obreras y populares contra la burguesía franquista; oleada que refluye hasta prácticamente desaparecer del todo durante varios años hasta finales de 1961. Durante este período las condiciones de explotación social, de opresión nacional y de dominación española fueron durísimas y, a nuestro entender, ni el cooperativismo, ni la oposición democrático-burguesa y reformista al franquismo, ni el sindicalismo y, ni mucho menos, el independentismo socialista abertzale posteriores pueden comprenderse sin esos años.

      Si la lucha obrera inicia una nueva fase ascendente a finales de 1961, como veremos, la lucha independentista irrumpe con fuerza cualitativamente nueva en 1959 y sobre todo verano de 1961. Sería muy interesante analizar aquí el ritmo desigual pero combinado de ambas luchas para comprender cómo va tomando cuerpo lentamente la corriente política que con el tiempo será la izquierda abertzale, y que, mirando hacia atrás, tiene antecedentes importantes en grupos independentistas y socialistas de la década de 1931. Sin embargo, sólo podemos limitarnos a constatar esa dialéctica de factores, suficiente por otra parte para confirmar que dicho movimiento nace con una base muy arraigada y, a la vez, con una fuerza juvenil --la edad promedio de los militantes de ETA detenidos en 1961 es de 28,6 años-- muy poderosa. Nadie fue capaz de comprender esta dialéctica de permanencia e innovación que irrumpe en 1959 y se hace definitiva en 1961. Decimos esto porque tampoco Arizmendiarrieta fue consciente de ello, incluso cuando una década más tarde arremeta con fuerza en defensa de su cooperativismo ante las críticas de la izquierda, como veremos.

      A finales de noviembre de 1961 los obreros de la CAF empiezan su protesta contra los salarios bajos y enseguida se le suman trabajadores de otras empresas de Beasain. Las movilizaciones van creciendo en los meses siguientes y para mediados de febrero de 1962 amplias zonas de Gipuzkoa están en plena ebullición obrera y popular porque a las movilizaciones de las grandes empresas se le unen las de los pequeños talleres y la incipiente autoorganización vecinal. Parta finales de febrero y comienzos de marzo, la lucha se extiende a Bizkaia y el 4 de mayo se declara el estado de excepción. La represión es fuerte y las detenciones azotan al movimiento obrero que se autorganiza al margen y en contra del sindicalismo vertical. Solamente empieza a descender a comienzos de junio y puede darse por concluía esta onda de luchas a mediados de junio de 1962.

      La centralidad social del movimiento obrero queda demostrada tanto por su capacidad de arrastrar prácticamente a todas las fracciones trabajadoras y hasta pequeño burguesas, como por su fuerza para movilizar a la Iglesia que crea en el obispado de Bilbo una oficina de asistencia. Y también para impulsar la autoorganización estable de la que surgiría las Comisiones Obreras y para introducir en la joven ETA una decisiva reflexión anticapitalista. Salvando todas las distancias, las lecciones que aporta esta oleada coinciden básicamente con las aportadas por oleadas similares habidas en otras luchas obreras internacionales.

      Que son lecciones importante queda demostrado en la irrupción de ETA en el movimiento obrero que renace en la primavera de 1963 sobre todo en Bizkaia y que va pasando de la lucha economicista a los primeros contenidos políticos y democráticos cuando el 7 de octubre de ese año miles de trabajadores hacen un paro de diez minutos para exigir la vuelta de los deportados por la represión de 1962. Esta acción conjunta no ha podido realizarse sin una eficaz autoorganización clandestina entre decenas de empresas y decenas de talleres.

      Que estamos ante una tendencia ascendente de luchas se demuestra por la respuesta represiva del franquismo consistente en crear el 2 de noviembre el Tribunal de Orden Público. A mediados de marzo de 1964 ETA reparte ejemplares de Zutik que analizan la situación obrera, y en septiembre de ese año se produce una erupción de luchas obreras en zonas de Gipuzkoa y Bizkaia. Aunque las luchas puntuales son mal que bien contenidas, acaban muy frecuentemente con victorias de los trabajadores, la tendencia al alza del movimiento obrero es tal que el 5 de junio de 1965 el Estado franquista modifica el artículo 222 del Código Penal que queda así:

      "Serán considerados reos de sedición los patrones y obreros que con el fin de atentar contra la seguridad del Estado, de perturbar su normal actividad o de perturbar su autoridad, suspendan o alteren la normalidad del trabajo".

      El comportamiento de la diócesis de Bilbo a lo largo de la oleada de luchas de finales de 1961 y primera mitad de 1962, no es casual sino que responde a la creciente toma de conciencia de los sacerdotes y frailes de base de las penurias y sufrimientos del pueblo trabajador en general y de los derechos hymanos en concreto, las detenciones arbitrarias, las multas, las torturas, las condenas de cárcel. El 28 de mayo de 1960, 339 sacerdotes de las cuatro diócesis de Hego Euskal Herria firman un documento analizando esta situación y denunciando al régimen franquista, un documento que tiene mucha difusión. El 1 de diciembre de ese año, los 339 sacerdotes son sancionados.

      A partir de aquí, ya nada será igual, llegándose a situaciones que serían cómicas de no producirse en una dictadura, como el procesamiento y deportación al convento jesuita de Valladolid de 22 jesuitas vascos implicados el 20 de diciembre de 1961 en la desaparición de una multicopista. El 10 de abril de 1963 la emisora Radio Popular de Bilbo, propiedad del Obispado, se atreve a emitir quince minutos en euskara a la semana. El 21 de abril de 1965 se notifica que el TOP pide tres años de prisión para un sacerdote que durante el sermón del 1 de noviembre de 1964 había denunciado en euskara la tortura de un vecino de su pueblo.

      Este y no otro es el primer contexto social y nacional en el que el sacerdote Arizmendiarrieta va dando forma a su cooperativismo que, desde 1956 al crear Ulgor, va creciendo al amparo del franquismo hasta dar el salto con la creación de Caja Laboral Popular en 1959. Desde esta fecha y hasta verano de 1966, el crecimiento cooperativo que hemos seguido en el plano de la ideología de Arizmendiarrieta, vive dentro de una realidad objetiva --"exterior" según la distinción establecida por el sacerdote, como hemos visto antes-- extraordinariamente tensa y palpitante. Ahora podemos ir comprendiendo mejor lo imposible que resulta separar esa realidad "exterior" de la práctica "interior" del cooperativismo, sobre todo cuando el régimen franquista apoya el proyecto mientras reprime con creciente dureza a los obreros no cooperativistas.

      Solamente si el cooperativismo se aísla esquizofrénica y egoístamente de esa situación, sólo así, puede mantener la escisión entre la realidad objetiva y la vida interna de la cooperativa. Este problema se agrava cuando comparamos la práctica de Arizmendiarrieta como sacerdote con la mayoría de los sacerdotes vascos en esos mismos años. El primero recibe la Medalla la Oro del Trabajo y bastantes sacerdotes son sancionados y hasta condenados. No nos debe sorprender entonces que en 1964 se hiciera la primera crítica al cooperativismo acusándole de doble traición a Euskal Herria y a la clase obrera.

      Más aún, en ese 1965 de la condecoración franquista al sacerdote cooperativista, otro sacerdote se niega a pagar una multa gubernativa y el gobierno el embarga la moto, A la subasta realizada el 15 de octubre de dicho año acuden muchos sacerdotes con cascos de motoristas. El 26 de diciembre de 1965 el abogado Miguel Castells ingresa en la prisión de Martutene al negarse a pagar una multa de 60.000 pts. impuesta por denunciar las torturas sufridas por Recalde, su cuñado. La práctica de la desobediencia civil, pacífica y no violenta a la dictadura franquista fue realizada por personas que, al margen de lo que pensaban sobre la violencia defensiva de ETA, no aceptaba la violencia opresora del Estado franquista. ¿Debía haber rechazado Arizmendiarrieta la condecoración? Pero, si lo hubiera hecho ¿seguiría recibiendo el trato de favor con los especiales descuentos fiscales que le hacía la dictadura y que, como hemos visto, causaban malestar en potros empresarios no cooperativistas?

      Hemos hablado del primer contexto y le hemos puesto la fecha de caducidad de verano de 1966 porque desde abril de ese año florecen los primeros datos de otra oleada de luchas, esta vez en Babcock Wilcox, porque en agosto son detenidas en Eibar seis personas acusadas de formar la Comisión Obrera provincial, porque en septiembre las huelgas proliferan en Zumárraga y, sobre todo, porque el 28 de octubre los obreros de Laminaciones de Bandas de Etxebarri llevan a cabo una protesta contra la reducción en un 50% del complemento de primas pese a la exigencia patronal de un aumento de su productividad. Empezaba así la decisiva Huelga de Bandas que no era sino el inicio de otra fase de lucha de liberación nacional y social del pueblo trabajador vasco.

      El 14 de noviembre, ante la cerrazón patronal, los trabajadores deciden parar una hora. El 30 de ese mes inician la huelga y a las pocas horas los 564 obreros reciben la carta de suspensión de empleo y sueldo. Los acontecimientos se aceleran. La alta burguesía vasca decide cortar por lo sano, sin piedad, decidida a derrotar al pueblo trabajador en su conjunto mediante la derrota de los obreros de Bandas porque el 31 de diciembre se conoce que de las 150 huelgas obreras habidas durante 1966 en el Estado español, Gipuzkoa ocupa el primer lugar, seguida por Asturias y Bizkaia. Pero las fábricas y los barrios populares se movilizan en apoyo de los de Bandas. El 22 de abril de 1967 se decreta el estado de excepción y se detiene ese día a 150 obreros. El Estado recurre a todo su poder para vencer, y vence, derrota a los obreros de Bandas el 15 de mayo de 1967.

      Pero no vence al movimiento obrero en cuanto tal y menos aún el pueblo trabajador. Un ejemplo de su fuerza en ascenso lo tenemos en las múltiples medidas represivas que debe imponer el régimen como el cerco por la Guardia Civil de Arrasate el 26 de junio de 1966 para impedir la Fiesta Vasca, fracasando; o, más en general, los resultados del "Referendum Nacional" español del 14 de diciembre de 1966 en el que Barcelona, Bizkaia y Gipuzkoa lograron la abstención más alta del Estado. Además, entre el 7 y el 11 de ese mes se celebró la primera parte de la V Asamblea de ETA, que tendrá una transcendencia histórica. Precisamente, la diferente interpretación de la Huelga de Bandas es una de las razones de la importancia de la V Asamblea ya que el sector que abandona la organización --ETAberri-- sostuvo que esa huelga demostraba la debilidad del régimen, mientras que ETA mantenía que demostraba su endurecimiento represor. A partir de esa y otras diferencias estratégicas se decidieron dos líneas políticas cualitativamente diferentes.

      El 11 de mayo de 1968, se prohibe una conferencia sobre los derechos humanos en Iruñea, y el 3 de agosto de ese año se instaura el estado de excepción en Gipuzkoa que se prolongaría el 4 de noviembre. Desde finales de enero hasta finales de febrero de 1969 la lucha obrera y popular se generaliza en Bizkaia y Gipuzkoa, que vuelve recrudecerse con algo menos de virulencia de principios de junio a finales de diciembre. Sin embargo, en el interior de este claro ascenso, surgió la semilla de un factor muy importante de la futura derrota del movimiento obrero, nos referimos al control burocrático que el PCE iba adquiriendo en las Comisiones Obreras en Gipuzkoa y Bizkaia, que luego se extendería a Araba y algo más tarde a Nafarroa.

      Mientras tanto, en diciembre de 1970 comenzaba el Consejo de Guerra de Burgos y la oleada de luchas obreras y populares que se mantenía desde verano de 1966, con sus altibajos, se recrudeció a niveles nunca vistos hasta entonces, niveles que irían ascendiendo en peldaños hasta, grosso modo, finales de esa década. En enero de 1971 estallaban dos grandes luchas obreras en Nafarroa, la de Eaton Ibérica y la de Potasas, y en septiembre en Imenasa. Otra vez se reprodujo el proceso de autoorganización, solidaridad y apoyo mutuo dentro del pueblo trabajador y entre las fábricas y talleres.

      La lucha también se extendió a Gipuzkoa y de entre las varias huelgas, hay que destacar la iniciada en noviembre de 1971 en Precicontrol, huelga en ETA secuestraba el 19 de enero de 1972 a su accionista principal, Lorenzo Zabala, liberándolo tras la victoria de los trabajadores el 22 de ese mes. Pocos días más tarde se inicia la huelga de Mitxelin en Gasteiz que durará casi un mes. No podemos analizar al detalle todo el proceso de luchas que se sostienen en esta época, con su generalización en enero de 1973 y el secuestro por ETA del empresario Huarte, ni las protestas contra la opresión y dominación, como la carta de 352 sacerdotes del 31 de marzo de ese año, sobre las condiciones de las cárceles españolas, y que, en lo estrictamente laboral llega a su cúlmen con la victoria de los obreros de Motor Ibérica el 4 de julio de ese año.

      Tampoco podemos detallar el maremagnum de acontecimiento políticos habidos entre 1973 y finales de 1976, con los hitos de la muerte de Carrero Blanco y de Franco, y con el papel decisivo de ETA durante este período. Sí debemos extendernos, por su importancia, en el proceso asambleario y autoorganizativo del movimiento obrero en Araba ya fuerte a mitad de enero de 1976, que crecerá durante todo el mes de febrero y que llega a su apogeo el 3 de marzo con el asesinato en Gasteiz de cinco trabajadores por las fuerzas represivas. De entre la bibliografía existente sobre esta significativa e importante lucha, hemos escogido el cuaderno nº 14 de Likiniano Elkartea titulado "Todo el poder a la asamblea" en el que los propios protagonistas analizan su lucha y extraen en uno de los texto recogidos, fechado en abril de 1976, cuatro grandes lecciones que debemos tener siempre presentes porque, en síntesis, son constantes a toda lucha importante del movimiento obrero y popular internacional:

      Una, "la trampa de la ley"; dos, "la fuerza de la unidad y la lucha"; tres, "la violencia de los ricos", y, cuatro, "nuestra organización". Vemos que se forman dos polos antagónicos: por un lado, la fuerza de la unidad y la lucha organizadas del movimiento obrero y, por otro, la trampa de l a ley y la violencia de los ricos. La cuádruple lección, extrapolable a cualquier lucha importante, la concentran los trabajadores en estas palabras: "Este derecho a las asambleas es el que tenemos que defender como una conquista y un derecho de la clase obrera y que nadie nos puede arrebatar. Esto nos permitirá ser independientes y protagonistas del cambio". Sin embargo, ya por esa época los sindicatos reformistas preparaban la extinción práctica del derecho a la asamblea , y pese a ello, hasta noviembre de 1976, fecha de la muerte de Arizmendiarrieta, se suceden las protestas y llega la gran Huelga General de septiembre de ese año.

      Pues bien, ante este panorama y en palabras de Joxe Azurmendi: "En los últimos años 60 no faltan textos de Arizmendiarrieta alusivos a la "abundancia de convocatorias" o al "griterío informe". Pero se tiene la impresión de que Arizmendiarrieta aún habla de todo ello como de algo lejano, que no afecta directamente al cooperativismo. En septiembre de 1970, se alude por primera vez a gente que no ve otra alternativa que la "lucha de clases sin cuartel". Tampoco parece que hayan intentado todavía seriamente llevar esta lucha hasta el interior de las cooperativas".

      Pero la tensión social era tan fuerte que el sacerdote no tuvo más remedio que salir en defensa de su cooperativismo y, algo más tarde, también tuvo que dar su opinión sobre la violencia lo que le originó algunos problemas con la censura franquista. Sin embargo, no podemos pensar que estas reacciones supongan un cambio cualitativo en su ideología de "pacto social", "reglas de juego", etc., que resumió tan esencialmente en la cita de 1973 anteriormente vista. Además, en aquella época era frecuente opinar sobre la violencia con algo más de valentía y sinceridad que en los momentos actuales, aunque los medios de difusión oficiales no permitían que dichas opiniones transcendieran. De cualquier modo, hay que recordar que la represión franquista se dirigía más contra quienes luchaban prácticamente que contra quienes sólo escribían su opinión ambigua en medios de difusión de reducida tirada.

      Por ejemplo, y para centrarnos en el cooperativismo y en el sacerdocio, el 17 de febrero de 1972 fueron detenidos tres sacerdotes en Eibar y el director en esa localidad de la Caja Laboral Popular. Dos días después un sacerdote y el director de la Caja ingresaron en prisión. Este ejemplo confirmaba la imposibilidad de aislar totalmente el contexto objetivo con la vida "interna" del cooperativismo. La razón aducida era que en esa sucursal de la Caja Laboral se había abierto una cuenta de solidaridad con los huelguistas de Precicontrol.

      Volvemos así al problema básico, el de las relaciones del cooperativismo con la lucha de clases y, más en concreto, con la lucha de clases en una nación oprimida. La reacción de Arizmendiarrieta ante las críticas desde la izquierda a su cooperativismo se caracteriza por ir detrás de los acontecimientos y por su defensismo. Pero esta limitación no es sólo suya, sino que corresponde a todo el cooperativismo neutro e interclasista desde su mismo origen porque, a pesar de lo que diga sobre crear una "tercera alternativa" entre el capitalismo y el comunismo, en la práctica no logra detener la evolución objetiva del capitalismo.

      Dado que ese cooperativismo se define por su "neutralidad" a la fuerza ha de ir por detrás de las contradicciones sociales. Toda "neutralidad" se caracteriza por no tomar opción y por permanecer al margen de los conflictos. Si estos se agudizan y encrespan, los "neutrales" deben esperar a que sus problemas estallen porque protestar con antelación, adelantarse, proponer soluciones prácticas en la mitad del vendaval, hacerlo así es romper su "neutralidad" y tomar parte activa en el conflicto.

      Aunque Arizmendiarrieta se vea en la necesidad de responder a las críticas que recibe, precisamente debe esperar a recibirlas, debe ir por detrás de ellas. Su proyecto de "transformación social" desde el cooperativismo tal cual lo define no le permite hacer críticas rigurosas a la opresión durante el mismo momento en que esta se ejerce contra su pueblo. Que esta opresión se endurezca al máximo desde 1937 y durante decenios el sacerdote cooperativista permanezca mudo o hablando muy bajito, e incluso reclame para su proyecto una especial atención por parte del Estado opresor, y que acepte su Medalla de Oro al Trabajo, todo esto es coherente con el criterio de "neutralidad" tal cual, a la fuerza, se ha de aplicar en una nación oprimida y convulsionada por una creciente lucha de liberación nacional y social.

      Desde esta situación, es imposible que Arizmendiarrieta pudiera ir por delante de los acontecimientos. Y también es imposible que el cooperativismo por él legado pudiera resistir con éxito, si es que alguna vez lo intentó la absorción y supeditación a la mediana burguesía nacionalista representada por el PNV, con todas las consecuencias que eso ha acarreado. Unas palabras del sacerdote escritas en noviembre de 1975, nos lo explican perfectamente:

      "Pocos colectivos, como el nuestro, asentados en espacios no pródigos en materias primas, necesitan apelar y apoyarse en la materia gris, en el desarrollo de su creatividad como sus relaciones con la periferia. No estamos como para tratar de marchar hacia delante con aires de desafío y menos aún de fuerza entendida en su sentido más elemental y universal, so pena de que por fuerza vayamos a interpretar nuestra competencia, nuestra honestidad. En resumen, hemos de aceptar vivir y desenvolvernos sin dramas ni actos heroicos, con el trabajo, con la cultura hacia los que polarizamos nuestro cerebro y nuestro corazón, en cuyas exigencias incluimos la ilusión por el bienestar de todos y contamos para ello con la implicación y responsabilidad de todos, de forma que la democracia siga siendo efectiva y expansiva en todos los campos de nuestra actividad y de nuestra relación y convivencia. Así hemos de consagrar nuestro amor a la libertad. En fin, morir es también ley de vida, pero no así el matar: de la vida sólo Dios puede disponer".

      Para comprender en su pleno significado estas palabras un tanto alambicadas, bastante ambiguas pero muy precisas sin embargo en la exigencia de no tomar "aires de desafío y menos aún de fuerza", de "aceptar vivir y desenvolvernos sin dramas ni actos heroicos", etc., hay que describir rápidamente la coyuntura inmediata y corta que las explican, porque tanto la coyuntura larga y mediata como el contexto ya están siendo descritos mal que bien.

      En efecto, a finales de septiembre de ese año fueron fusilados cinco militantes revolucionarios, dos de ellos de ETA, en medio de una impresionante movilización popular; durante octubre aumentan las tensiones de todo tipo mientras se constata que el dictador Franco está al borde de la muerte, siendo ingresado en un hospital a finales de dicho mes; durante noviembre la situación sociopolítica sigue polarizándose y el régimen se precipita al caos mientras en su interior crecen los sectores que presionan para abrir una fase de reformas controladas y apoyadas por los sectores más blandos de la oposición, y el 20 de ese mes muere el dictador Franco; en diciembre de 1975 la situación es tremenda y, como ejemplo, además de las muertes, detenciones, torturas, manifestaciones reprimidas, huelgas de todo tipo, y además del ascenso de la reivindicación pro-amnistía, el 9 de diciembre incontrolados queman el coche de un cura obrero de Basauri. Los actos de heroísmo y los dramas humanos florecen por todas partes.


      7.8. CONSEJISMO, SINDICALISMO Y RESISTENCIA OBRERA Y POPULAR

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